Manantial de vida es la prudencia para quien la posee (Prov. 16,22)
Considero un privilegio haber podido acercarme varias veces al Papa Juan Pablo II por motivos de trabajo, tanto en la nunciatura, en París y en Bucarest, como en la Secretaría de Estado, pudiendo así beneficiarme de su modo de enfocar cuestiones importantes para la misión de la Iglesia y su propia misión en la Iglesia como Pastor supremo. Siempre me ha impactado su forma de afrontar sea situaciones que personas, estando atento a proponer los medios más adecuados para llevar a cabo la obra de Cristo Salvador del mundo. Recuerdo cuan a menudo escuchábamos de sus labios la expresión de la Vulgata en el Libro de la Sabiduría “Dios ha hecho saludables a las naciones” (Sab. 1,14); para él los encuentros de trabajo estaban siempre marcados por un auténtico optimismo pues lo que teníamos bajo consideración se hacía al amparo de la luz divina y se podía contar con la gracia de Dios para llevar adelante lo propuesto. El Papa Juan Pablo II vivía de modo concreto todos sus compromisos como decía san Gregorio Nazianzeno, o sea “el fin de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios”. De hecho toda virtud “es una disposición habitual a hacer el bien” (CC, n 1803), y considerando que Dios es bien supremo, toda virtud vivida nos lleva a “ser perfectos como es perfecto el Padre” (Mt 5, 48).
Me impresionaba particularmente su prudencia al afrontar los temas más difíciles, pues el Papa reunía a sus colaboradores más directamente relacionados con cierta problemática para estudiar con ellos cómo proceder para responder mejor a la voluntad de Dios y a las expectativas del mundo y de la Iglesia al respecto. Actuando de esta manera, Juan Pablo II ponía en práctica una norma fundamental de prudencia del nuevo Código de Derecho Canónico, lamentablemente muy olvidada por muchos, que se refiere a las relaciones de un superior con los miembros de su Consejo, cuando se solicita su escucha: “el Superior, aunque no tenga ninguna obligación de seguir ese parecer (del consejo o colegio), aun unánime, no debe sin embargo apartarse del dictamen, sobre todo si es concorde, sin una razón que, a su juicio, sea más poderosa (can. 127, § 2, 2) sí es solicitado por los consejeros “manifestar sinceramente su opinión” (can. 127 § 3). El Papa Juan Pablo II exponía brevemente el objeto del encuentro, escuchaba a los presentes – yo era el encargado de hacer la presentación oral, por lo cual podía seguir bien el desarrollo de la discusión – y al final extraía algunas conclusiones acerca de lo que había que hacer, aportando cada vez alguna luz nueva para darle impulso a sus colaboradores en la puesta en marcha de lo acordado. Me viene aquí a la mente lo escrito en el Catecismo de la Iglesia Católica, o sea “La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo” (n.1806).
Otro ejemplo de la prudencia del Papa Wojtyla era su modo de lanzar una nueva iniciativa. En dos oportunidades – ciertamente las hubo por cientos – tuve en mis manos el texto original escrito por él a mano en lengua polaca, sobre temas en los cuales yo era el “apuntador”. Con sorpresa leía al pie del escrito las tres letras que nosotros solíamos poner al final de cada trabajo nuestro cuando se proponía alguna respuesta o acción: smo “salvo mejor opinión”. ¿Cómo? ¿El Papa proponía un camino a seguir tal cual hacían para él sus colaboradores y aceptaba por anticipado que pudiera actuarse de otra manera de la propuesta por él? Un colega mío, a quien le comenté este modo de proceder, me respondió que era imposible que el Papa hubiese escrito eso; por suerte aún tenía en la oficina el texto original, de casi tres páginas completas, se sobreentiende – para mi en traducción italiana. Mi conclusión – perfectamente acorde a lo dicho por moralistas y teólogos – es que la prudencia va acompañada de humildad.
Los dos ejemplos citados más arriba nos permiten ver en la forma de actuar del Papa Juan Pablo II los dos rostros de la prudencia: aquella que es necesaria a cada persona, tanto más al cristiano, cuando la virtud humana de la prudencia es elevada y purificada por la gracia divina para poder aplicarla más apropiada, adecuada y generosamente a los temas tratados; la otra, que llamaría social, o mejor aún pastoral, del Sumo Pontífice, responsable de guiar la Iglesia hacia la plenitud del Bien, pues se trata del bien común de toda la Iglesia y de toda la Humanidad. El Catecismo de la Iglesia Católica dice al respecto que “(el bien común) exige la prudencia de cada uno, y más aún la de aquellos que ejercen la autoridad” (CIC, n. 1906). Cuando se trata de la Iglesia universal y de su misión en el Inundo, podemos imaginar cuánta prudencia es necesaria al Papa para cumplir mejor con la propia responsabilidad de Pastor supremo. Por eso es tanto más verdadero que la prudencia sea llamada “madre de todas las virtudes” o guía de las virtudes, porque interviene en la acción de todas las demás virtudes como regla y medida, pues según Santo Tomas, la prudencia “es la recta norma de las acciones” (Suma T. II-II, 47,2). Con razón y no sin motivo existe el dicho que a veces “lo mejor es enemigo de lo bueno” otambién “quien mucho abarca poco aprieta”.
He podido constatar directamente esta prudencia pastoral del Papa Juan Pablo II como Nuncio en Rumania, cuando se preparaba su visita pastoral a principios de mayo 1999. Era la primera visita del Obispo de Roma a un país de mayoría ortodoxa, y se debía esperar hasta el 12 de febrero de aquel año para obtener también la invitación de la Iglesia Ortodoxa Rumana, indispensable y necesaria, si bien hacía meses que el Gobierno había hecho su propia invitación en el contexto del proceso de adhesión de Rumania a la Unión Europea. De la parte católica se esperaba que el Santo Padre visitase también el interior, donde las comunidades católicas son más numerosas tanto latinas como greco-católicas. Presentado el programa “vaticano” a la parte ortodoxa, después de algunas semanas se recibe un contra-proyecto, que restringía la visita papal a la ciudad de Bucarest, debido a los varios encuentros propuestos con la Iglesia Ortodoxa, caso contrario renunciarían a todo encuentro con el Papa. Yo le urgía al Papa que visitara las comunidades locales católicas más importantes. El Papa, sin embargo, decidió limitar su visita a Bucarest, considerando prioritario el encuentro con la Iglesia Ortodoxa. Y fue bien recompensado, porque fue al término de la Celebración eucarística, en la plaza Podul izvor que surgió de toda la multitud presente – más de doscientos mil presentes entre católicos y ortodoxos – unidad, unidad, aquel grito que le quedó resonando siempre en los oídos al papa Wojtyla, porque me lo recordó muchas veces. Así comprendí que Juan Pablo II había tenido razón al considerar con prudencia y humildad las consecuencias a largo plazo de su visita, limitándola a Bucarest, porque un pequeño paso, por más pequeño que sea, siempre es un paso hacia adelante.
Que pueda él ser hoy para los Pastores de la Iglesia un nuevo modelo para el servicio a la Iglesia con prudencia pastoral como lo fue San Pedro al invitar a los destinatarios de su primera carta a ser “prudentes y vigilantes en la oración” (I Pt 4,7).
Jean-Claude Périsset.
Nuncio Apostólico en Alemania
Boletín mensual de la postulación de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Juan Pablo II “Totus Tuus” 4 (2008) 9-11.