Miércoles, 8 de Febrero de 2012
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El Sembrador N° 26 Año 5 (2012)
Consideraciones para cada día de la semana
San Juan Bosco

Martes - La muerte

Consideraciones para cada día de la semana

 

Deseando, hijos míos, que tengáis diariamente un rato de meditación, os ofrezco una corta consideración para cada día de la semana, y espero que la leeréis atentamente; esto, en el supuesto de que no tengáis otro libro más a propósito para ello. Después de haberos arrodillado, decid:

“Dios mío, me arrepiento de todo corazón de haberos ofen­dido; os pido la gracia de comprender las verdades que voy a meditar y de inflamarme de amor por Vos. Virgen Santísima, Madre de Jesús, rogad por mí”.

 

Martes

La muerte

 

La muerte consiste en la separación del alma y del cuerpo, abandonando en absoluto las cosas de este mundo. Considera, ¡oh hijo mío!, que tu alma debe necesariamente se­pararse de tu cuerpo; pero no sabes cuándo, ni dónde, ni cómo te sorprenderá esta separación. No sabes si será en la cama, en el trabajo o en otro sitio. La ruptura de una vena, un catarro, una fiebre, una caída, una herida, un terremoto, un rayo y otros mil accidentes son suficientes para quitarte la vida. Y esto puede sucederte dentro de un año, de un mes, de una se­mana, de una hora, o quizá mientras lees u oyes leer estas páginas. ¡Cuántos se han acostado por la noche y han sido encontrados muertos al día siguiente! Otros, atacados de apo­plejía, han muerto rápidamente. ¿Qué habrá sido de su alma? Si estaban en gracia, ¡dichosos de ellos, son eternamente felices! Si en pecado, serán atormentados para siempre jamás. Y tú, hijo mío, si murieses en este momento, ¿qué sería de tu alma? Desgraciado de ti si no estás preparado, porque el que no está pronto a morir bien hoy, corre gran riesgo de morir mal.

2º Aunque el lugar y la hora de tu muerte no te sean co­nocidos, es muy cierto que ésta vendrá. Y, aun suponiendo que no te sorprenda una muerte repentina, sin embargo, la última hora de tu vida ha de llegar, y en esa hora, tendido en tu lecho, asistido por un sacerdote que rezará junto a ti las oraciones de los agonizantes, rodeado de tu familia afligida, con el crucifijo a un lado y una vela encendida al otro, te en­contrarás a la puerta de la eternidad. Tu cabeza dolorida no encontrará reposo, tus ojos no tardarán en oscurecerse, tu len­gua estará ardiendo; tu pecho, oprimido; la sangre se helará en las venas; tu cuerpo será consumido por la enfermedad, y tu corazón, traspasado por mil dolores. En cuanto el alma haya abandonado el cuerpo, éste, cubierto con una mortaja, será arro­jado a la fosa, donde se convertirá en podredumbre; los gusa­nos pronto lo devorarán, no quedando ya de ti sino algunos huesos descarnados y un poco de polvo infecto. Abre una tum­ba y observa lo que queda de un joven rico, de un hombre poderoso en el mundo: polvo y podre... Lo mismo te suce­derá a ti. ¡Oh hijo mío!, que estos pensamientos te hagan to­mar la resolución eficaz de ser siempre bueno. Ahora el demo­nio, para inducirte a pecar, se esfuerza en distraerte de este pensamiento, en encubrir y excusar la culpa, diciéndote que no hay gran mal en tal placer, en tal desobediencia, en faltar a misa los días festivos; pero en el momento de la muerte te hará conocer la gravedad de tus faltas y te las representará to­das vivamente. ¿Qué le responderás en aquel terrible instan­te? ¡Desgraciado del que entonces se halle en pecado mortal!

3º Considera también que del momento de la muerte de­pende tu dicha o desdicha eterna. Estando para dar el último suspiro y a la luz de aquella última antorcha, ¡cuántas cosas veremos! La Iglesia enciende dos velas por nosotros: una en nuestro bautismo, para mostrarnos los preceptos de la ley de Dios, y otra en el trance de nuestra muerte, para que exami­nemos si los hemos observado.

A la claridad de aquella última luz, verás, hijo mío, si has amado a Dios durante tu vida o si le has vuelto la espalda; si has respetado su santo nombre o le has ofendido con blasfe­mias; verás las fiestas que has profanado, las misas que no has oído, las desobediencias a tus superiores, los escándalos que has dado a tus compañeros; verás aquella soberbia y aquel or­gullo que te engañaron; verás... Pero, ¡oh Dios mío!, todo aquello lo verás en el momento en que se abre delante de ti el camino de la eternidad: “Momentum a quo pendet aeternitas. Sí; de aquel instante depende una eternidad de gloria o de tormentos. ¿Comprendes bien lo que te digo? De aquel momen­to depende para ti el paraíso o el infierno; ser para siempre feliz o desgraciado, para siempre hijo de Dios o esclavo del demonio, para siempre gozar con los santos y los ángeles en el cielo o gemir y arder para siempre jamás con los condena­dos en el infierno.

Teme mucho por tu alma, y piensa que de una vida santa y buena depende una buena muerte y una eterna gloria. Sin pérdida de tiempo, arregla tu conciencia con una buena confesión, prometiendo al Señor perdonar a tus enemigos, reparar los escándalos, ser más obediente, abstenerte de comer carne en los días prohibidos, no perder el tiempo, santificar los días consagrados a Dios y cumplir los deberes de tu estado. Y des­de ahora, arrojándote a los pies de Jesús, dile:

“Señor y Dios mío, desde este momento me convierto a Vos; os amo, quiero serviros y amaros hasta la muerte. Virgen Santísima, Madre mía, ayudadme en aquel instante terrible. Jesús, José y María, expire en vuestros brazos en paz el alma mía”.

 

(San Juan Bosco, El Joven Cristiano Instruido, escrito extraído de  Biografía y escritos de San Juan Bosco, BAC, Madrid, 1967, 629-65)

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