Consideraciones para
cada día de la semana
Deseando, hijos
míos, que tengáis diariamente
un rato de meditación, os ofrezco una corta
consideración para cada día de la
semana, y espero que la leeréis atentamente; esto, en el
supuesto de que no
tengáis otro libro más a propósito
para ello. Después de haberos arrodillado,
decid:
“Dios mío, me
arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; os
pido la gracia de
comprender las verdades que voy a meditar y de inflamarme
de amor por Vos. Virgen Santísima, Madre de
Jesús, rogad por mí”.
Martes
La muerte
1º La muerte consiste en
la separación del alma y del cuerpo, abandonando
en absoluto las cosas de este mundo. Considera, ¡oh hijo
mío!, que tu alma debe
necesariamente separarse
de tu cuerpo; pero no sabes
cuándo, ni dónde, ni cómo te
sorprenderá esta separación. No sabes si
será en
la cama, en el trabajo o en otro sitio. La ruptura de una vena, un
catarro, una
fiebre, una caída, una herida, un terremoto, un rayo y otros
mil accidentes son
suficientes para quitarte la vida. Y esto puede sucederte dentro de un
año, de
un mes, de una semana, de una hora, o quizá
mientras lees u oyes leer estas
páginas. ¡Cuántos se han acostado por
la noche y han sido encontrados muertos
al día siguiente! Otros, atacados de
apoplejía, han muerto rápidamente.
¿Qué
habrá sido de su alma? Si estaban en gracia,
¡dichosos de ellos, son
eternamente felices! Si en pecado, serán atormentados para
siempre jamás. Y tú,
hijo mío, si murieses en este momento,
¿qué sería de tu alma? Desgraciado de
ti
si no estás preparado, porque el que no está
pronto a morir bien hoy, corre
gran riesgo de morir mal.
2º Aunque el
lugar y la hora de tu muerte no
te sean conocidos, es muy cierto que ésta
vendrá. Y, aun suponiendo que no te
sorprenda una muerte repentina, sin embargo, la última hora
de tu vida ha de
llegar, y en esa hora, tendido en tu lecho, asistido por un sacerdote
que
rezará junto a ti las oraciones de los agonizantes, rodeado
de tu familia
afligida, con el crucifijo a un lado y una vela encendida al otro, te
encontrarás
a la puerta de la eternidad. Tu cabeza dolorida no
encontrará reposo, tus ojos
no tardarán en oscurecerse, tu lengua
estará ardiendo; tu pecho, oprimido; la
sangre se helará en las venas; tu cuerpo será
consumido por la enfermedad, y tu
corazón, traspasado por mil dolores. En cuanto el alma haya
abandonado el
cuerpo, éste, cubierto con una mortaja, será
arrojado a la fosa, donde se
convertirá en podredumbre; los gusanos pronto lo
devorarán, no quedando ya de
ti sino algunos huesos descarnados y un poco de polvo infecto. Abre una
tumba
y observa lo que queda de un joven rico, de un hombre poderoso en el
mundo:
polvo y podre... Lo mismo te sucederá a ti.
¡Oh hijo mío!, que estos
pensamientos te hagan tomar
la
resolución eficaz de ser siempre bueno. Ahora el
demonio, para inducirte a
pecar, se esfuerza en distraerte de este pensamiento, en encubrir y
excusar la
culpa, diciéndote que no hay gran mal en tal placer, en tal
desobediencia, en
faltar a misa los días festivos; pero en el momento de la
muerte te hará
conocer la gravedad de tus faltas y te las representará
todas vivamente. ¿Qué
le responderás en aquel terrible instante?
¡Desgraciado del que entonces se
halle en pecado mortal!
3º Considera
también que del momento de la
muerte depende tu dicha o desdicha eterna. Estando para dar el
último suspiro
y a la luz de aquella última antorcha,
¡cuántas cosas veremos! La Iglesia
enciende dos velas
por nosotros: una en nuestro bautismo, para mostrarnos los preceptos de
la ley
de Dios, y otra en el trance de nuestra muerte, para que
examinemos si los
hemos observado.
A la claridad de
aquella última luz, verás,
hijo mío, si has amado a Dios durante tu vida o si le has
vuelto la espalda; si
has respetado su santo nombre o le has ofendido con
blasfemias; verás las
fiestas que has profanado, las misas que no has oído, las
desobediencias a tus
superiores, los escándalos que has dado a tus
compañeros; verás aquella
soberbia y aquel orgullo que te engañaron;
verás... Pero, ¡oh Dios mío!, todo
aquello lo verás en el momento en que se abre delante de ti
el camino de la
eternidad: “Momentum
a quo pendet
aeternitas”. Sí;
de aquel instante
depende una eternidad de gloria o de tormentos. ¿Comprendes
bien lo que te
digo? De aquel momento depende para ti el paraíso o
el infierno; ser para
siempre feliz o desgraciado, para siempre hijo de Dios o esclavo del
demonio,
para siempre gozar con los santos y los ángeles en el cielo
o gemir y arder
para siempre jamás con los condenados en el
infierno.
Teme mucho por tu
alma, y piensa que de una
vida santa y buena depende una buena muerte y una eterna gloria. Sin
pérdida de
tiempo, arregla tu conciencia con una buena confesión,
prometiendo al Señor
perdonar a tus enemigos, reparar los escándalos, ser
más obediente, abstenerte
de comer carne en los días prohibidos, no perder el tiempo,
santificar los días
consagrados a Dios y cumplir los deberes de tu estado. Y desde
ahora,
arrojándote a los pies de Jesús, dile:
“Señor y Dios
mío,
desde este momento me convierto a Vos; os amo, quiero serviros y amaros
hasta la muerte. Virgen Santísima, Madre mía,
ayudadme en aquel instante terrible. Jesús, José
y María, expire en vuestros
brazos en paz el alma mía”.
(San Juan Bosco, El Joven Cristiano
Instruido, escrito extraído de Biografía y escritos de San Juan
Bosco, BAC, Madrid, 1967, 629-65)