Ejemplo de caridad
El prefecto de un departamento de Francia, cristiano a medias, visitaba muchas veces los hospitales. Y, estando cierto día con la superiora en el despacho, entró una religiosa joven que, al ver al prefecto, hizo ademán de retirarse.
-Entre usted, hermana-dijo él- ¿Cómo se llama?
-Hermana Leocadia-contestó la religiosa.
-¿En qué departamento está usted?
-En la sala de tiñosos.
-¡Pobre hermana!-exclamó el prefecto-Desde luego, tomará usted precauciones para no contagiarse. Usará guantes.
-No señor, me sirvo de las manos. Y concluida la cura, me las lavo con agua clara.
-¡Pobre hermana! Contraerá la tiña, pídame cualquier gracia, que se la concederé.
-Pues bien, señor prefecto, no soy feliz y usted puede hacer algo por mí, en la sala que está a mi cuidado hay solo veinticinco tiñosos, y yo tengo robustez para cuidar cincuenta…
El prefecto quedó estupefacto. Después decía: “Ofrecí a una religiosa lo que quisiera pedirme ¡y me pidió tiñosos!”
Verdadero remedio
Un médico refería lo siguiente:
Hace tiempo fui llamado para curar a una joven de diecisiete años de edad que estaba pálida, triste, marchita. La habían visitado muchos médicos y no conociendo su enfermedad, dijeron que era nerviosa. Su padre me llamó con lágrimas en los ojos para que la visitara y fui introducido en un cuartito lleno de colgaduras de seda, donde la pobre niña estaba tendida en un sofá con los ojos medio cerrados. La cabeza inclinada, pálida como una estatua de mármol.
Adiviné el mal. Padecía en su jaula dorada porque era demasiado feliz, no tenía obstáculo que vencer ni objeto a qué consagrarse. Le dije que se preparara a salir conmigo en compañía de su papá.
-¿Con usted?, ¿y adónde?
-Es mi secreto-le dije en voz baja- va en ello la vida de su padre, de su madre y de usted.
Pronto estuvo preparado el coche, y los llevé a ver a mis pobres. En la primera casa donde nos detuvimos tuve que sostenerla hasta el quinto piso; subió sola a la segunda guardilla, y a la tercera se me adelantó. Cuando los niños le besaban la mano y las pobres madres le daban las gracias, lloraba de contento, lo mismo que su padre.
Aquel paseo le pareció corto, y por la tarde se entretuvo en buscar cosas con que ejercitar la caridad al día siguiente. Y recibió la salud, la alegría, la felicidad, que no se encontraba entre sus blondas de seda, sino entre los harapos de sus hermanos, a los que entregó el corazón.
¡Vosotros, los hastiados de la vida, los aburridos, los inútiles, probad el remedio!
(Mauricio Rufino, Vademécum De Ejemplos Predicables, Edit. Herder, Barcelona, 1962, pag. 198, 203-205)
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