San Mateo y San Marcos han querido mostrar al profeta en su vestido, en su cinto, en su comida, puesto que el tuvo un vestido de pieles de camellos, y un cinto de cuero sobre sus riñones, y se alimentaba de langostas y de miel silvestre. El Precursor de Cristo no soportaba dejar perder los despojos de las bestias inmundas y, por el signo de su propio vestido, presagiaba la venida de Cristo, que, tomando sobre si la monstruosidad, impregnada de las manchas de nuestras acciones innobles, de los pecados de la gentilidad inmunda, se despojaría sobre el trofeo de la cruz del vestido de nuestra carne.
Mas ¿qué quiere decir este cinto de cuero, sino que esta carne que hasta entonces había tenido la costumbre de gravar al alma, ha comenzado, después de la venida de Cristo, a ser, no un impedimento, sino un cíngulo? Pues, según David, hemos colgado en los sauces las liras (Ps 136,2), y, según el Apóstol, no tenemos confianza en la carne y la tenemos en el cuerpo, no la tenemos en los placeres, la tenemos en los sufrimientos, estando animados por un sentimiento de fervor espiritual y preparados para ejecutar todos los mandamientos del cielo por la devoción del alma bien orientada y por la disposición del cuerpo bien equipado.
Aun el mismo alimento del profeta indica su misión y anuncia el misterio. ¿Existe algo tan inútil y vano para el hombre que buscar langostas, y algo tan fecundo al misterio del profeta? Cuanto las langostas son más desprovistas de utilidad, impropias para cualquier uso, fugaces al tacto, saltando de aquí para allá, y estridentes, tanto más convienen y son aptas para figurar al pueblo de las naciones que, sin trabajo útil, sin obra fructuosa, sin ponderación, emiten el sonido inarticulado de sus murmullos e ignoran la palabra de vida. Este pueblo es, pues, la comida de los profetas; pues cuanto más numeroso es el pueblo que se reúne, más crece y abunda la cosecha de los labios del profeta. La suavidad de la Iglesia es también prefigurada en la miel silvestre, que no se encuentra en las rocas de la Ley, como producida por el pueblo judío, sino esparcida por los campos y arbustos de las selvas por el error de los gentiles, según se ha dicho: La encontramos en los campos de las selvas (Ps 131,6).
Y éste comía la miel silvestre para anunciar que los pueblos serían saciados con la miel de roca, como está escrito: Y los sació con la roca de miel (Ps 80,17). Así también los cuervos alimentaban a Elías en el desierto con un alimento que ellos le traían y con una bebida que ellos le procuraban, signo de que los pueblos de las naciones, repugnantes por la negrura de su conducta, que hasta entonces buscaban su comida en los cadáveres fétidos, ofrecerían ahora a los profetas su alimento; pues la comida de los profetas es el cumplimiento de la voluntad divina, como lo ha declarado el mismo Señor con estas palabras : Mi comida es hacer la voluntad de Aquel que me ha enviado (Io 3,34).
Una voz grita en el desierto. Está bien llamar voz a San Juan, el Precursor del Verbo. Pues el mismo Juan, a la pregunta: ¿Qué dices de ti mismo?, ha respondido: Yo soy la voz que clama en el desierto (Io 1,22). Y por eso dijo: el que viene en por de mí ha sido hecho antes que yo, porque la voz, que es inferior precede; después viene el Verbo, que es superior. Por eso ha querido también ser bautizado por Juan, porque entre los hombres el Verbo tiene su consagración en la palabra del doctor. Puede ser también que Zacarías haya recobrado la voz por haber nombrado la voz.
Engendros de víboras, ¿quién os mostró el modo de huir de la ira inminente? Haced, pues, frutos dignos de la penitencia. Y no comencéis a decir dentro de vosotros: Tenemos por padre a Abrahán. Porque os digo que poderoso es Dios para hacer surgir de estas piedras hijos de Abrahán. Esto parece la acusación de la perversidad de los judíos que, manchados por el veneno de su alma malvada, aman las ondulaciones de la serpiente y sus escondrijos subterráneos en lugar de los misterios del conocimiento de Dios. Por lo mismo, las palabras ¿quién os mostró el modo de huir de la ira inminente? demuestran que la misericordia de Dios les ha dado la prudencia para hacer penitencia de sus faltas conjurando por una providente devoción el tremendo juicio que ha de venir. A la raza, pues, y no a la descendencia, se ha de referir la comparación de las víboras. O tal vez, según está escrito: Sed prudentes como las serpientes (Mt 10,16) demuestra que ellos tienen una prudencia natural que les hace ver las ventajas y los impulsa a desearlo, pero sin renunciar a sus faltas.
Por eso les advierte que reclamen para sí más el esplendor de las buenas obras que la nobleza de su raza, ya que el nacimiento no confiere ningún privilegio si no está apoyado por la herencia de la fe, la cual, por voluntad divina, va a ser transferida a los pueblos de la gentilidad, como El lo ha revelado en estos términos proféticos: Poderoso es Dios, dice, para hacer surgir de estas piedras hijos de Abrahán. Pues, aunque Dios puede transformar e intercambiar las diversas especies, sin embargo, porque para mí aprovecha más el misterio que el milagro, no debo reconocer en este mensaje de Cristo otra cosa que la construcción de la Iglesia naciente, que, construida no con piedras de roca, sino con piedras vivas, se eleva como morada de Dios y su templo por la conversión de nuestras costumbres. Sí, Dios se disponía a ablandar la dureza de nuestras almas y a hacer de estas piedras de pecado los cultivadores de la religión. ¿Podían pasar ellos por otra cosa que por piedras, semejantes, con razón, a los que la hacían? (Ps 113,8). El ha profetizado, pues, que la fe será infundida en los corazones de piedra de los gentiles, y los vaticinios prometen que la fe hará hijos de Abrahán a los que la dureza de corazón había engendrado un alma de piedra, un natural insensible y sin razón. Pues si la sentencia del Apóstol ha comparado a las piedras vivas los hombres fundados firmemente en el vigor de la fe, según está escrito: Y vosotros sois como piedras vivientes con que se edifique una casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer victimas espirituales (1 Pe 2,3), en un sentido más profundo, al parecer, la palabra del profeta compara aquí a las piedras los hombres que habían perdido el sentimiento y el espíritu humano hasta creer que las piedras podrían abrigar una realidad divina; así ellos mismos han sido cambiados en piedra, no en cuanto a la naturaleza de su cuerpo, sino en cuanto al estado de su alma. Descendientes de Abraham según la carne son aquellos que han sido llamados príncipes de Sodoma (Is 1,10) y paredes blanqueadas (Act 23,3). Así los privilegios de la raza se consiguen por la semejanza de las costumbres más que por la línea de los ascendientes. Más aún, para que sepas que los hombres han sido comparados a las piedras, el profeta ha comparado igualmente los hombres a los árboles, al añadir: Ya esta puesta el hacha a la raíz de los árboles.
Este cambio en la figura tiene por fin hacer comprender, por una graduación en la comparación, que existe ya en los hombres un cierto progreso más elemental; pues hasta entonces, deformes en el aspecto, desprovistos de adoro, estériles y sin frutos, sin razón para progresar, helos aquí representados bajo la figura de árboles que, por una cualidad casi espiritual de su naturaleza, tienen bella apariencia, aspecto agradable, son fértiles y fructuosos, sobrepasan las cimas, extienden sus brazos, están cargados de frutos y revestidos de hojas. Y plazca a Dios que nosotros podamos imitar la naturaleza de los árboles fecundos y, por el aumento de nuestros méritos, sostenidos por las raíces de una perseverante humildad, elevados de la tierra, bellos a la vista, alcancemos cima vigorosa de nuestras obras fructuosas, no sea que el hacha del agricultor evangélico arranque la raíz del tronco silvestre pues desventurado de mí si no evangelizo (1 Cor 9,6) —pero ésta es la voz de un Apóstol—, ¡desventurado de mí si no lloro mis pecados, desventurado de mí si no me levanto a media noche para alabarte (Ps 118,62), desventurado de mí si engaño a mi prójimo, desventurado de mí si no digo la verdad! El hacha está ya sobre la raíz, ¡haga frutos de gracia el que pueda y de penitencia el que deba! El Señor está allí para recibir los frutos, dar la vida a los fecundos, descubrir a los estériles. He aquí que El ha venido desde hace tres años (Lc 13,17) y no ha podido encontrar fruto en los judíos. ¡Ojalá lo encuentre en nosotros! Va a abatir a los que no dan fruto, para que no ocupen la tierra. Mas los que aún no dan fruto, hagan un esfuerzo para darlo en el futuro. El buen cultivador del campo intervendrá para con nosotros, los estériles e infructuosos, para que nos conceda un plazo de tiempo, para que use de paciencia con nosotros: puede ser que nosotros también podamos dar algún fruto para Dios...
El santo Bautista da aún la respuesta que conviene a cada profesión humana, la única para todos: a los publicanos, por ejemplo, que no exijan más que la tasa; a los soldados, de no hacer agravios, de no buscar botines, recordándoles que la pago del ejército ha sido instituida para que no busquen el sustento necesario en el saqueo y en la injusticia. Mas estos preceptos y los otros son propios de cada función; la misericordia es común a todos, luego también el precepto de hacerla: ella es necesaria a toda misión y a toda edad, y todos deben ejercerla. No están excluidos de este deber el publicano ni el soldado, ni el agricultor ni el ciudadano, ni el rico ni el pobre todos han sido amonestados de dar al que no tiene... Pues la misericordia es la plenitud de las virtudes; así a todos ha sido propuesta como norma de virtud perfecta: no ser avaro de sus vestidos ni de sus alimentos. Sin embargo, la misericordia misma guarda una medida según las posibilidades de la condición humana, de tal modo que cada uno no se desprenda enteramente de todo, sino que lo que tiene lo divida con el pobre.
Estando el pueblo en expectación y discurriendo todo en sus corazones acerca de Juan, si por ventura no sería él el Mesías, respondió a todos Juan diciendo: Yo os bautizo en agua y en penitencia. Juan vela, pues, el secreto de los corazones; pero veamos de quién procede esta gracia. ¿Cómo se descubre a los profetas el secreto de los corazones? Nos lo ha mostrado San Pablo en estos términos: Los secretos de su corazón se hacen patentes, y así, cayendo sobre su rostro, adorará a Dios, proclamando que verdaderamente está Dios entre vosotros (1 Cor 14,25). Es pues, el don de Dios el que revela, no el poder del hombre, que está ayudado por una gracia divina más que por la facultad natural.
¿Para qué aprovecha este pensamiento de los judíos sino para probar que, según las Escrituras, el Mesías ha venido? Había uno que era esperado, y ciertamente el que era esperado vino, no el que no era esperado. ¿Hay locura más grande que reconocer a uno en otro y no creer al que es en sí? Pensaban que vendría de una mujer y no creen en el que ha venido de una virgen. ¿Y había un nacimiento, según la carne, más digno de Dios que el suyo: el Hijo inmaculado de Dios guardando, aun al tomar cuerpo, la pureza de un nacimiento inmaculado? Y ciertamente el signo del advenimiento divino había sido constituido en el parto de una virgen, no de una mujer (Is 7,14).
Yo os bautizo en agua. Se apresura a demostrar (el Bautista) que el no es el Mesías, puesto que realiza un ministerio visible. Pues el hombre, subsistiendo en dos naturalezas, esto es, el alma y el cuerpo, la parte visible esta consagrada por elementos visibles, la invisible por un misterio invisible: el agua limpia el cuerpo, el Espíritu purifica las faltas del alma. Nosotros realizamos uno e invocamos el otro, aunque, sobre la misma fuente, la divinidad ha soplado su santificación; pues el agua no es toda la ablución, mas estas cosas no se pueden separar; por esto uno fue el bautismo de penitencia y otro el bautismo de gracia, éste lleva consigo los dos elementos, aquél sólo uno... Pues perteneciendo las faltas en común al cuerpo y al alma, la purificación había de ser también común. San Juan ha respondido, pues, rectamente mostrando que él había comprendido lo que pensaban en su corazón, y, como si no lo hubiera comprendido, esquivando toda envidia de grandeza, ha mostrado, no por su palabra sino por sus obras, que él no era el Mesías. La obra del hombre es hacer penitencia por sus faltas, la misión de Dios dar la gracia del misterio.
Mas he aquí que viene uno más fuerte que yo. No ha formulado esta comparación para decir que el Mesías es más fuerte que él —pues entre el Hijo de Dios y un hombre no puede haber término de comparación—, sino porque hay muchos fuertes... El diablo es también fuerte, pues nadie puede, entrando en la casa del fuerte, saquear su ajuar si primero no atare al fuerte (Mc 3,27). Hay, pues, muchos fuertes, pero el más fuerte es sólo Cristo. Para guardarse de compararse a él ha añadido: No soy digno de llevar su calzado (Mt 3,11), mostrando que la gracia de predicar el Evangelio ha sido dada a los apóstoles, que están calzados para el Evangelio (Eph 6,15).
Parece, sin embargo, que habla así porque Juan personifica a veces al pueblo judío. A este se refiere cuando dice: Conviene que El crezca y que yo disminuya (Io 3,30): es menester, en efecto, que el pueblo de los judíos disminuya y que crezca en Cristo el pueblo cristiano. Por lo demás, Moisés también personificó al pueblo; pero él no llevaba el calzado del Señor, sino de sus pies. Aquéllos están calzados con un calzado tal vez no de sus pies; mas a éste se le manda que deje su calzado (Ex 3,5), a fin de que los pasos de su corazón y de su alma, libres de las trabas y de los lazos del cuerpo, marchen por el camino del espíritu. En cuanto a los apóstoles, ellos se han despojado del calzado del cuerpo cuando fueron enviados sin calzado, sin bastón, sin alforjas y sin cinto (Mt 10,9ss), mas ellos no llevaron inmediatamente el calzado del Señor. Tal vez, después de la resurrección, comenzaron ellos a llevarlo; pues antes habían sido advertidos de no decir a nadie las acciones del Maestro (Lc 8,56), y más tarde se les dice: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio (Mc 16, 15), a fin de que avanzando los pasos de la predicación evangélica, ellos llevasen por todo el mundo la serie de los hechos del Señor. Luego el calzado nupcial es la predicación del Evangelio.
El os bautizará en Espíritu Santo y en fuego. En su mano tiene su bieldo para limpiar su era y allegar el trigo en sus graneros; mas la paja la quemará con fuego inextinguible.
Tiene en su mano el bieldo. Este emblema del bieldo significa que el Señor tiene el derecho de discriminar los méritos, pues cuando los granos de trigo son aventados en el aire, el que está es separado del vacío, el fructuoso del seco, por una suerte de control que hace el soplo del aire. Esta comparación muestra que el Señor, el día del juicio, hará la separación entre los méritos y los frutos de la sólida virtud y la ligereza estéril de la vana jactancia y de las acciones vacías, para colocar a los hombres de un mérito perfecto en la mansión de los cielos. Pues para estar el fruto en su punto es menester tener el mérito de ser conforme a Aquel que, cual gran de trigo, ha sido enterrado para llevar en nosotros frutos abundantes, el cual desprecia la paja y no estima las obras estériles. Y, por lo mismo, ante El ardera el fuego (Ps 96,3) de una naturaleza no dañosa, puesto que consumirá los malos productos de la iniquidad y hará resplandecer el brillo de la bondad.
(San Ambrosio, Obras de San Ambrosio, B.A.C., Madrid, 1966, pp.126-135)
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