Martes, 7 de Septiembre de 2010
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Tercer Domingo de Adviento - Ciclo C
  
Fillion

El Precursor pronuncia: “Hacer frutos dignos de penitencia”. La mayor parte de sus oyentes aceptaban con docilidad este consejo, y en prueba de su buen deseo preguntaban a Juan —como lo harán más tarde, el día de Pentecostés, los judíos convertidos a la fe cristiana por la predicación de San Pedro—: "¿Qué debemos, pues, hacer?". San Lucas nos ha conservado tres de las respuestas de orden práctico que Juan dice a varias clases de personas que le preguntaban. Ajústanse admirablemente a la situación de quienes interrogaban. Es que aquel solitario, aquel hombre del desierto, conocía a fondo así la naturaleza humana, con sus defectos y sus necesidades, como las miserias morales de su tiempo.

Al dar estos consejos prácticos, tornábase más dulce su voz. El predicador terrible se convertía en director espiritual tan bondadoso que, a primera vista, pudiera parecer harto acomodaticio. Mas se equivocaría quien así juzgase, pues la aparente moderación de sus exigencias presuponía de hecho una metanoia verdadera, una sincera conversión. Recordemos que la misión del Precursor no era formar ascetas semejantes a él, sino transformar los que a él se dirigían en hombres honrados, temerosos de Dios y cumplidores del deber, cada uno en el género de vida a que había sido llamado por la Providencia.

Era prudentísima y al mismo tiempo concreta su dirección cotidiana. A las turbas que le instaban a que les trazase el nuevo camino que debían seguir contentábase con repetirles el gran precepto de la caridad fraterna, con recomendar esa virtud fundamental que tan grata es a Dios y que Jesucristo impondrá un día con especial mandamiento: "Quien tenga dos vestidos, de uno al que no lo tiene; y quien tenga que comer, haga lo mismo."

Acercáronse también a Juan algunos publicanos para hacerle la misma pregunta que las turbas: "Maestro, ¿qué haremos nosotros?" Por sus exacciones injustas y sus continuas violencias eran entonces los publicanos generalmente detestados. Estos agentes inferiores, a servicio de caballeros romanos que arrendaban los impuestos del Estado y se enriquecían oprimiendo al pueblo, imitaban harto fielmente la conducta de sus amos y no se recataban de practicar el fraude. En Judea y en Palestina odiábase doblemente a los que, siendo judíos de nacimiento, prestaban su concurso a los aborrecidos romanos para despojar al pueblo de Dios y recordarle su esclavitud. Así es que el Talmud no repara en colocarlos entre los asesinos y ladrones, y más de una vez oiremos a Jesús mismo asociar el nombre de los publicanos a las ideas de sus compatriotas, a lo que entonces era considerado como lo peor de la sociedad. ¿Qué conducta observará Juan respecto de ellos? ¿No les exhortará  a abandonar lo antes posible una profesión tan desacreditada y tan peligrosa desde el punto de vista moral? No, puesto que de suyo no es mala. Pero les mandará que en adelante ajusten su conducta a esta primordial regla de justicia: "No exijáis más de lo que os esta permitido."
"Y nosotros, ¿qué haremos?" —preguntaban a su vez los soldados, a quienes la fama del Precursor había hecho salir de sus campamentos y conducido a orillas del Jordán. No es verosímil que fuesen judíos, como no perteneciesen al reducido ejército de Herodes Antipas. Antes bien, serían legionarios romanos, de aquellos paganos que en número considerable se habían acercado más o menos al judaísmo, y a quienes, como a tantos otros, había impresionado la voz de Juan Bautista. "La reputación de los soldados de aquella época tan agitada era, si cabe, aun más triste que la de los publicanos... La manera misma de reclutar los ejércitos influía mucho en la barbarie de las costumbres militares. Componíanse aquéllos, en gran parte, de aventureros llegados de todos los rincones del Imperio, y, sobre todo, de las comarcas que mayor fama tenían de rudeza (Tracia, Dalmacia, Germania), de deudores insolventes, de hijos pródigos que habían buscado un refugio en la milicia, de bandidos, de holgazanes, etc. Las frecuentes guerras que por entonces habían tenido lugar y la libertad que Roma dejaba a sus legiones en los países invadidos o conquistados contribuyeron a desarrollar de modo formidable aquellas malas disposiciones, de suerte que las mismas tropas que pasaban por mejores y más ejemplares eran un temible azote". Pues, así y todo, a la pregunta de los soldados responde Juan sencillamente: "No hagáis a nadie violencia ni fraude, y contentaos con vuestros sueldos." Prohibíales así la rapiña, el pillaje, las requisiciones injustas, como también los motines y revueltas, tan frecuentes entonces en los ejércitos romanos, con motivo de los sueldos y alimento. Algo era ya.

Con este lenguaje, ya firme y severo, ya lleno de moderación, ablandaba Juan Bautista los corazones y las conciencias. ¡De qué escenas tan maravillosas de conversión no debieron de ser testigos las orillas del Jordán! Jesús mismo da testimonio de que, en los pocos meses que duró el ministerio del Precursor, un ardor prodigioso se apoderó de muchos israelitas, que hicieron como irrupción en el reino los cielos. Un cuadro semejante nos traza el historiador Flavio Josefo de Juan y de su obra: " Era —dice— un hombre excelente, que ordenaba a los judíos ejercitarse en la virtud, en la justicia de unos para con los otros, en la piedad para con Dios y a reunirse para recibir el bautismo. Porque el bautismo —decía él— no puede ser agradable a Dios sino con condición de que se eviten cuidadosamente todos los pecados. ¿De qué serviría purificar el cuerpo si antes no se purificas el alma por la justicia? Reuníase alrededor de él inmenso concurso, y las turbas estaban ávidas de oírle."

Mas no le bastaba al Precursor con repetir sus elocuentes llamamientos a las almas para conducirlas a la práctica de la justicia y de las buenas obras. Sin dejar de preparar así al Cristo "un pueblo perfecto", no se olvidaba de rendirle oportunamente un testimonio personal y directo. El autor del cuarto Evangelio, en su sublime prologo, insiste en el hecho de que Juan Bautista había venido para dar testimonio del Mesías. El Precursor fué también fidelísimo a esta parte de su misión; en tanto que duró su ministerio obró como celoso profeta del Cristo, como algún día lo atestiguará Nuestro Señor.

En las narraciones evangélicas vémosle cumplir esta función de testigo ante tres clases de oyentes; ante las turbas que de continuo le rodeaban, ante los delegados del sanedrín y ante sus propios discípulos. Los sinópticos exponen simultáneamente el primer testimonio, que fue anterior al bautismo de Jesús, y que Juan debió de reiterar más de una vez. San Lucas particulariza la primera ocasión en que lo dió: "Como el pueblo esperaba (al Mesías) y todos pensaban en sus corazones que por ventura Juan fuese el Cristo, respondió Juan diciendo a todos..." La santidad del Precursor, su predicación, su bautismo, habían contribuido poco a poco a dar cuerpo a esta creencia popular, que, por lo demás, no se propagaba sin cierta vacilación. Pero Juan no podía tolerar por mucho espacio que idea tan falsa fuese adquiriendo crédito. Profundamente humilde, faltóle tiempo para protestar contra la exagerada estimación que de él hacían las turbas, y supo dar a su protesta cuanta publicidad se requería. Exclamó, pues: Yo, en verdad, os bautizo en el agua: mas el que viene después de mí es mas fuerte que yo, y yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias; Él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.

En esas líneas el lenguaje no sólo está adornado de imágenes, sino que, además, está, rimado al modo oriental, y con el paralelismo, que ya en otras ocasiones hemos señalado, se pone de realce la elevación y el carácter poético de los pensamientos. Para mostrar cuán inferior al Mesías era él, establece el Precursor dos expresivas síntesis, de las que una se refiere a las personas y otra a los dos bautismos.

Respecto a las personas, representa al Mesías como incomparablemente "más fuerte"; es decir, superior, mientras que Juan, por contraste, resulta más débil, inferior, indigno de prestar a tan poderoso señor los servicios más humildes, reservados de ordinario a los esclavos de ínfima categoría, tales como llevarles sus sandalias y atarles y desatarles has correas de las mismas. Idéntica inferioridad abrumadora de Juan se manifiesta al comparar su bautismo con el del Mesías. El suyo no era más que un bautismo de agua. Pero el agua no lava más que la superficie; de donde se sigue que si bien este bautismo producía excelentes resultados excitando a la penitencia, no era bastante a borrar las manchas del alma. Por el contrario, el bautismo del Cristo, cuyos elementos son, en cierto modo, el Espíritu Santo y el fuego, obra hasta en los más íntimos repliegues del ser, produce resultados maravillosos de purificación y santificación, y causa, desde luego, una completa regeneración moral.

(L. Cl. Fillion, Vida de Nuestro Señor Jesucristo, Ed. Poblet, Buenos Aires, 1949, pg. 362-365)

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Aclaración: A menos que se indique de otro modo, el material que presentamos, incluyendo el de los domingos anteriores, es tomado textualmente de: "DR. ÁNGEL HERRERA, Verbum Vitae, BAC, Madrid 1954"
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